sábado, 10 de julio de 2010

El amor desde la química

La verdad es que existe una razón química de por qué dos personas son capaces de sentir atracción y apego recíproco. Se trata de la hormona oxitocina, la cual produce la sensación de estar unido sentimentalmente a una pareja.

El cuerpo humano está provisto de neurotransmisores y hormonas que facilitan la efectividad de las actividades cotidianas. A través del sistema nervioso, el hipotálamo envía mensajes a las diferentes glándulas ordenando aumentar o disminuir la producción de determinadas sustancias, lo que desencadena distintas reacciones en nuestro organismo. Su radio de acción es tan amplio que incluso influye en lo que socialmente conocemos como “amor”.




 
Diferentes estudios alrededor del mundo han coincidido en que cuando determinada hormona –la oxitocina- se secreta en el torrente sanguíneo, el cerebro activa sistemas de recompensa y bloquea las emociones negativas. Esto explicaría por qué experimentamos sensaciones profundamente agradables cuando se estamos en contacto con la persona que nos atrae.

La hormona del amor

La oxitocina es una hormona de estímulo que fue descubierta en 1953 y desde entonces se la relaciona con los patrones sexuales, las conductas de afecto –tanto de pareja como paternales- y las relaciones de confianza y generosidad. Es liberada por la glándula pituitaria, y su producción se eleva durante el trabajo de parto, la lactancia y la actividad sexual, generando un bloqueo del estrés seguido de una sensación de bienestar.
Nuevas investigaciones indican que la oxitocina también se libera cuando se realizan contactos físicos agradables con la pareja, como por ejemplo, abrazarse y acariciarse.

Con el tiempo, el cerebro humano relaciona la imagen de la pareja con una sensación
de bienestar, lo que impulsa la ansiedad y euforia por estar con esa persona, y la necesidad de ponerle toda la atención posible. Esto es lo que, según la ciencia, se conoce como el acto de enamorarse.

El camino hacia el enamoramiento

Los estudios científicos de conductas humanas indican que el amor es parte de un proceso bioquímico que se inicia en la corteza cerebral y que se difunde al sistema endocrino. Se pueden identificar tres sistemas cerebrales distintos pero interrelacionados con el acto de enamorarse: el impulso sexual, la atracción y el apego. En cada una de estas etapas se liberan diferentes hormonas que ofrecen una explicación química a todos los síntomas que sufre una persona al sentirse atraída o enamorada de otra, como pérdida de sueño y apetito, ansiedad, hiperactividad y subidas de presión arterial, entre otros.

El “impulso sexual” se refiere al instinto natural que nos lleva a asegurar la propagación de la especie a través de la reproducción. Es algo que los seres humanos comparten con los animales y en ella influye principalmente la testosterona (presente en hombres y mujeres), aunque también -en parte- el estrógeno. La explicación de que el hombre tenga un impulso superior a la mujer frente a la unión sexual como tal se debe a la mayor presencia de testosterona en su organismo.

La “atracción” es el impulso sexual dirigido a una persona en específico, la cual se ha elegido de forma consciente o inconsciente. Aquí actúan las hormonas dopamina, adrenalina y serotonina, las cuales generan sensaciones agradables de comodidad, deseo y satisfacción cuando se está con esa persona elegida.

Finalmente, el “apego” toma lugar una vez que la pareja tiene una relación estable. Durante esta etapa se libera la oxitocina de forma habitual, produciendo un acostumbramiento entre nuestra mente y la imagen de la persona amada asociada a la sensación agradable que sentimos con el contacto físico. Otra hormona que aumenta su producción en esta etapa es la vasopresina, que está ligada a la función renal y a la presión sanguínea, aunque también se relaciona –en menor medida- con el “apego” a lo largo del tiempo.

Establecer el vínculo

En la etapa del “apego” es cuando la pareja establece un lazo más allá de la necesidad física y es donde decide unir su vida a esa persona para formar una familia. Esa profunda conciencia de pertenencia al otro es la que se ha bautizado como “amor”. La fuerza física
del amor es tan fuerte que promueve las conductas monógamas, una actitud que los seres humanos comparten sólo con el 3% de los mamíferos. Esto da a entender que el amor, más que una emoción en sí, es un estado de motivación que conlleva a emociones específicas, producto de la convergencia de diferentes sistemas neurales.

Debido a que oxitocina también se libera en la mujer después de un parto o al amamantar a sus hijos, se cree que tiene una relación con la maternidad, generando una estrecha unión desde el  principio entre la madre y su hijo. Sin embargo, también tiene influencia en los hombres y la paternidad. Un estudio realizado por la Universidad de Leiden en Holanda comprobó que luego de administrar oxitocina intranasal a padres de diferentes edades, estos demostraron estar más atentos y estimulados frente a las demandas de sus hijos. En forma natural los padres pueden secretar oxitocina, aunque esto depende de la sincronización afectiva que tenga con sus hijos. Por otro lado, la oxitocina es capaz de regular incluso los vínculos que se establecen entre los seres humanos en general, ya que está presente en los procesos de interacción social, modificando las conexiones neuronales para crear redes nerviosas relacionadas con el afecto, la confianza y la falta de egoísmo. Es un mecanismo de retroalimentación, por lo que en la medida que dos personas se respetan mutuamente.

El rol de las feromonas

Usualmente se relaciona a las feromonas con el amor, sin embargo están más ligadas al impulso sexual. Son sustancias químicas que el cuerpo libera para atraer a otro individuo de una misma especie.  Las feromonas actúan en forma de perfume, viajan por el aire y son interceptadas por el bulbo olfatorio secundario, el órgano vomeronasal, la amígdala y el hipotálamo de la otra persona.

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