sábado, 17 de julio de 2010

El enamoramiento sólo dura 15 días...

Por Sofia Acalantide


Camino por los deliciosos instantes del enamoramiento. Me reconozco como una mujer vulnerable, proclive a los trances del amor en todas sus variantes, y estoy convencida de que enamorarse es una de las cosas por las que vale la pena vivir. Me refiero ahora justamente al enamoramiento, sin más, a ese impulso primero, esa ansiedad por un encuentro aunque sea breve, al lugar común de las "mariposas en el estómago", a esa insistencia en recordarle y sonreír.


El enamoramiento es por naturaleza fugaz, destinado a devenir en amor, en amistad o en olvido. Cuando viene el olvido desaparece la persona concreta y nos quedan los buenos recuerdos. Cuando las cosas devienen en amor o en amistad las personas permanecen y entran en escena nuevas emociones, cercanías más profundas, con vocación de prolongarse un poco en el tiempo, y corresponde a cada quien valorar según sus deseos si este tránsito del enamoramiento al amor o a la amistad le resulta valioso o triste, pero me rindo ante la evidencia de que se trata, en todo caso, de una cosa distinta. El amor no es lo mismo que el enamoramiento, y quiero hablar ahora de esto otro, de esos primeros días, de los primeros besos, de las sensaciones nuevas que despierta una piel nueva y deseada.





Decir que "amor" y "enamoramiento" no son lo mismo se ha convertido en la fórmula por excelencia para exaltar al primero y opacar lo segundo. Pero yo creo que el enamoramiento está subvalorado. La ideología del amor nos obliga a pensarnos las relaciones en términos de exclusividad (sexual y sentimental) de largo aliento; nuestro sistema social insiste en que esos son los únicos vínculos que "realmente" valen la pena. Los demás -anotan las personas de bien- son sólo paliativos pasajeros que agudizan los sentimientos de soledad y nos alejan de la posibilidad del "verdadero amor".


Los mensajes, no obstante, son contradictorios, destinados a mantener viva nuestra insatisfacción: por un lado, nos invitan constantemente a entrar en el juego del amor y del erotismo, y por otro, nos recuerdan siempre que "ganar" en ese juego significa construir el vínculo que le reporta beneficios al statu quo: una pareja estable, monogámica, reproductora y preferiblemente heterosexual. Quienes no queremos eso tenemos un único destino posible, perder en el juego del amor y sufrir.


Hoy quiero gritar que nada de eso es cierto, que ese statu quo al que se nos invita es una trampa, que hay otras formas de ganar el juego y que el enamoramiento que no conduce a ese supuesto ideal puede ser una manera subversiva de resistirse a la normalización de nuestros cuerpos y nuestros deseos. Insisto: el enamoramiento está subvalorado.


Releo esta noche algunas páginas del libro "Amor Líquido" de Zygmunt Bauman, que en otras ocasiones he citado en este blog con entusiasmo, y encuentro ahora en ellas una suerte de rechazo al enamoramiento per se, que se define como una "serie de intensos, breves e impactantes episodios, atravesados a priori por la conciencia de su fragilidad y brevedad". Entre líneas y a lo largo de todo el libro, Bauman intenta descalificar las formas del amor de nuestra moderna sociedad líquida, predicando de ellas la brevedad y la fragilidad. Pero yo no creo que fragilidad y brevedad sean características intrínsecamente negativas, al contrario, las valoro como virtud, como madurez en la conciencia del amor.


Nuestro odioso pensamiento binario construye también esa relación: duradero-bueno / breve-malo, pero esa categorización burda no me satisface. La intensidad de las emociones (y el reporte de beneficios en nuestras vidas) no puede medirse en virtud del tiempo que duren. Más no significa mejor. El amor no es mejor que el enamoramiento porque dure más. Tienen valores distintos y justamente reconociendo esos valores distintos me aventuro a pensar que el enamoramiento sistemático puede dinamitar la cárcel del amor.


Me viene a la mente una metáfora oportuna: las estrellas están al alcance de nuestra vista todas las noches, y por lo mismo casi nunca levantamos la cabeza para mirarlas. Luego de verlas las primeras veces dejan de impactar nuestra vida. Ver una estrella fugaz, en cambio, puede ser un evento fantástico, revelador, trascendente -un verdadero "acontecimiento" en el sentido que da Lyotard al término- pese a su fugacidad. Algo similar ocurre con el enamoramiento: dure lo que dure, puede significar mucho más que un "amor eterno".


Y en eso de la duración del enamoramiento no hay consenso. Las predicciones se han ido acortando, seguramente en provecho de intereses económicos: creo que pronto han de anunciar alguna píldora que "prolongue el enamoramiento", si es que no existe ya algo parecido. Leemos en la prensa tales predicciones (disfrazadas como "un estudio realizado en la Universidad wathever") con cierta regularidad: hace algún tiempo anunciaban: "el enamoramiento sólo dura tres años"; las más recientes han llegado a titular "el enamoramiento sólo dura 15 días". Da lo mismo. Tres años o 15 días de intensidad pueden impactar mi vida mucho más que 50 años de cotidianidad.


Como ahora -esta noche, en este momento exacto- camino por los deliciosos instantes del enamoramiento, y dado que no veo en su inherente fugacidad un riesgo sino una oportunidad, me entrego feliz a los 14 días que nos restan.

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