lunes, 12 de julio de 2010

El síndrome del 'Lucir bien'

Una de las creencias limitantes más complejas de romper en los seres humanos, es el síndrome del ‘Lucir bien’, sobre todo ante los demás.

El tener que “lucir bien” siempre, tiene que ver con una especie de miedo, que en el fondo significa estar buscando aceptación: tengo dinero, tengo un cargo, tengo un carro, míreme lo elegante que soy, soy muy amigo de…en fin, y muchos etc…-Si no nos aceptamos como somos, nos comenzará a importar lo que piensan o dirán los demás.

Es un hecho real que todos los seres humanos nos enfrentamos con toda seguridad a la gran prueba de la autoestima que es la crítica de los demás, por veces devastadora, por veces cruel, y en un sin número de veces, desconociendo tu propio valor y trascendencia, como espíritu divino que realmente eres. La verdad, es que lo único que nos libera de esa “cárcel sin barrotes” (la inseguridad en ti mismo) que genera la crítica, es la perfecta conciencia de tu propio valor y trascendencia, que de ninguna manera está atada a posesiones cargos, títulos, ni riqueza…




Y además de la conciencia, enfrentar el miedo a la crítica, con una actitud asertiva: ni víctima, ni victimario: solo asertividad. Ser asertivo, implica un gran entrenamiento y un gran valor, para enfrentarse, sobre todo al mí mismo, casi siempre cobarde: DECIRNOS verdad, ACEPTARNOS la verdad SOBRE NOSOTROS MISMOS, es el principio de sanación emocional más importante. José Martí, héroe cubano de finales del siglo IXX, decía: “La consciencia es lo único que nos hace ciudadanos del universo”. Gran reflexión, que dará para meses y años de filosofar, dice Lilia Beatriz Sánchez, experta en temas relacionados con la autoestima.


En la teoría de la autoestima, estar solamente pendiente de lucir bien ante los demás, es signo de que hay niveles de inseguridad no resueltos con relación al auto reconocimiento, auto merecimiento, autoconfianza y seguridad en sí mismo. Por lo que para fortalecer y romper con esta creencia, hay volver al pasado, para mirar cuándo o en qué situación se generò el miedo a la no aceptación.


La gente segura de si misma se conoce, se acepta con sus defectos y cualidades, es consciente de sus defectos, convive con ellos como si fuera un buen primo, y trata de mejorarse a sí mismo, de reconstruirse a sí mismo, cuantas veces pueda, también por respeto a los demás.


Es un proceso fuerte en donde nos debemos confrontar con nosotros mismos, frente a “la verdad” que sentimos y la que vemos en nosotros mismos. Cada vez, que estoy enfrentando una situación donde saco a flote el arte de lucir bien, estoy enfrentándome a circunstancias antiguas o problemas emocionales no resueltos donde “Yo mismo tengo miedo de aceptarme a mi mismo”.


Todo empieza con esa primera experiencia infantil en la que se comprueba que uno no es amado por lo que es, sino por lo que debe llegar a ser; en mayor o menor medida, todos somos víctimas de ese amor negativo, un amor que pone condiciones para ofrecerse.
Con el concepto de "amor negativo", que acuñó en 1967 Bob Hoffman, se explican buena parte de los padecimientos de las personas y su desconexión con el mundo emocional.


El amor negativo es la evidencia de la persona de sentirse indigna de ser amada, que viene de haber sentido que sus padres no lo reconocieron como quien era realmente, sino que se dedicaron a educarlo como quien debía ser.


Desde ahí la persona se desconecta de su propio ser y empieza a trabajar -desde muy chico-, para satisfacer las expectativas de los padres o, si sufrió mucho en la infancia, para rebelarse y ser lo opuesto a aquello que se esperaba de él.


Tal vivencia genera una paradoja emocional: "soy querible en tanto no sea quien soy y sea lo que los demás esperan de mí".


Tal condición queda grabada en el plano emocional y hace que, en nombre del amor, las personas se sometan a los demás, acepten chantajes para ser amados y se dejen manipular.


“Esas personas sienten que sus propias sabidurías son algo de lo que se debe descreer”, comenta Lilia Beatriz. .


De esta forma es como somos entrenados en vivir mal. La idea de paternidad está aprendida y se copia de los propios padres, se transmite de generación en generación.


El adulto mira al niño como alguien que no sabe nada y a quien hay que educar. No se mira al chico como a un ser que llega a este mundo sabiendo muchísimo y que lo único que no sabe es el código para expresarlo.


Como eso no es tomado en cuenta, se "graba" el rechazo al propio ser. En la vida adulta, para recuperar la conexión con uno mismo, lo primero es tomar conciencia de que todo aquello que es negativo para la propia vida fue aprendido.


Claro que abrirse a los recuerdos implica dar paso a un cúmulo de emociones que en nuestra cultura son definidos como "negativas": la rabia, el dolor, la culpa, el odio, la venganza... vivencias que un niño experimenta cuando se siente maltratado o no tomado en cuenta, pero que muy pocas veces puede expresar.


Aprendemos desde muy chicos a reprimir emociones. Pero cuando se liberan, vuelven los recuerdos y la persona empieza a darse cuenta de que, en realidad, todo lo que le pasa en su vida adulta, lo que se repite o le ocurre a pesar de sí mismo, fue aprendido de los padres, desde la concepción hasta la pubertad.


Al no poder recordar dónde lo aprendió, supone que esas desventuras son la confirmación de que hacía algo mal... Toda persona cuenta con cuatro aspectos: lo intelectual, lo emocional, lo espiritual y lo corporal.
Pero cuando somos víctimas del amor negativo, solemos tener nuestro intelecto dominando nuestras vidas.


Así, queremos resolver todo desde la cabeza, que es el más pobre de los cuatro aspectos para crecer en lo desconocido.


El intelecto siempre necesita experiencias viejas para saber como seguir. En cambio, nuestra parte emocional, la espiritual y nuestro cuerpo tienen mensajes, idiomas, percepciones rápidas y adecuadas para todas las situaciones desconocidas, que nos hacen sentir seguros.


Sin dejar al intelecto afuera, sino ocupando su justa proporción, necesitamos recuperar los tres aspectos que están relegados e integrarlos en una quadrinidad en la que cada uno aporte la información y los recursos necesarios para conformar un ser íntegro, poderoso y amoroso.


Este trabajo de integración requiere un fuerte hincapié en la apertura de lo emocional, que también es el camino hacia lo espiritual.


Cuando la persona recupera ciertos derechos, por ejemplo el derecho a enojarse por aquellas cosas que le hicieron daño, recupera el derecho a autoafirmarse en la vida, porque la rabia es una emoción muy saludable para los seres humanos, en tanto pone límites y ayuda a avanzar, a ser audaz, a despegar.


Lo que nos asusta de la rabia son las formas inadecuadas de expresión; pero habitualmente se termina reprimiendo la emoción y no las formas inadecuadas, porque los padres no conocían otras formas.


Cuando la persona recupera esos derechos, ocurre que de pronto está integrado y eso no es algo muy difícil.


Lo emocional no es elaborativo, así que no necesita meses ni años de maduración: necesita "ver", agrega la especialista en autoestima.


A diferencia de nuestro intelecto, que precisa tiempo para comprender, analizar, elaborar... lo emocional no, y la grabación que produce el rechazo del propio ser está en el plano emocional.


Allí donde se abre la experiencia emocional, la persona empieza a recibir mensajes de qué le pertenece y qué no, qué fue aprendiendo y qué no. Así nos damos cuenta de quiénes no somos, rompemos con una serie de creencias, prejuicios y valores mal entendidos y desde lo emocional captamos que somos seres amorosos, dueños de un amor sin condiciones, con una capacidad de compasión y perdón para los demás y para nosotros mismos que nos hace muy poderosos.


El balance y equilibrio en todo, nos resuelve el interrogante: Lucir bien para los demás, por darle gusto a los demás, o lucir bien para mí, porque yo me lo merezco, sin discusión y sin crearnos siempre un interrogante, sencillamente porque lo merezco y punto. A mí me gusta consentirme, por la motivación de darme gusto e ir en el camino de mi ‘yo ideal’. Por supuesto que en esa dirección a veces se presentan obstáculos por lo que llegar al yo ideal representa retos. Tal vez, cuando se padece sentir el ‘Síndrome de lucir bien’ en función de los demás, es hay donde estoy fallando.


El mensaje de la vida que he recibido por estos días, es que cuando dejas de enfocarte en los demás, en lo que hacen o no hacen, y enfocas tu energía en ti, el universo te da, lo que te pertenece.


Fuente:  Margot Guiovana Fuentes Barbosa

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