martes, 17 de agosto de 2010

Ganas de ti. Escrito de una mujer sobre el deseo sexual.


Por sofia.acalantide

Otro tiempo largo sin escribir en el blog, pero todo está conectado. Estas páginas se confunden con la vida misma, y aquellos 15 días que había anunciado en esta anotación se han multiplicado: le he pedido prórrogas de amor a la suerte y me las ha concedido. Tengo buenas migas con la suerte... y con el amor.



Todo está conectado, además, porque ha sido de nuevo este blog un detonante de los días felices por los que transito. Les voy a contar un secreto: él me leía desde antes, y yo desde antes lo veía habitar espacios  comunes desde la distancia, sin conocerle. 


Se puede estar en un lugar plagado de gente sin ver realmente a nadie, pero yo lo veía a él, reparaba en su presencia, notaba su ausencia cuando se marchaba. Alguna vez coincidimos en un bar, la primera vez que me habló. Iba de la mano de alguien que yo sí conocía, alguien que sin poder adivinar las vueltas que da la vida le advirtió: "Voy a presentarte a una persona que te va a encantar". Esa noche nos despedimos con la promesa de tomar un café algún día. Hoy, que sumamos muchos días y muchas noches de café, de besos, de conversación, de caricias, de vino, de risas, de placer, de amor y de sudor, creo que aquellas palabras fueron proféticas: nos encantamos.

"Encantar, de volver boba a la gente". Me gusta cómo suenan esas palabras en su boca. Encantada, suspendido el juicio, adormilada la razón que dicta opiniones razonables. He hecho el ejercicio de preguntarme ¿por qué me gusta él? Hago una lista de motivos, muchos de los cuales tienen que ver con la amistad que hemos construido, pero hay otros, motivos más inmediatos, constantes, irrenunciables: "por su forma de reír", "porque besa delicioso", "porque me abraza toda la noche"... es una lista muy larga, pero al final siempre cabe otro ¿por qué?. ¿Por qué me gusta cómo me besa? ¿Por qué me gustan sus abrazos en la mitad del sueño? ¿Por qué me gusta su risa? Y como con las personitas de 3 y 4 años, llega un momento del porqué en que se agotan las respuestas posibles.

Tomaré como mala fe de su parte que entiendan este amor como un mero deseo erótico. Hay otras cosas, pero se me antoja hacerle zoom ahora a ese deseo. Que no sólo estoy "tragada", aunque definitivamente también. Tragada, encantada, llena de ganas...

Él me encanta. También me encanta la leche condensada, y tampoco se por qué... escribiéndolo me doy cuenta que esos encantamientos están relacionados: ambos me saben dulce, me apaciguan y a la vez me enardecen, ambos tienen un efecto en mí que pasa necesariamente por la piel, por los sentidos.

En un espacio académico, mucho más metódico que este blog, nos preguntábamos hace poco qué se entiende por "deseo erótico". ¿Parece sencillo, verdad? Pues no lo es. Si intentamos, como yo intento, desprendernos del coitocentrismo para erotizar todo el cuerpo, ya no podemos decir que se trata de un deseo con manifestaciones genitales, entonces, ¿cómo definimos el deseo erótico? ¿qué diferencia al deseo erótico del deseo de pasar un fin de semana con mi madre, o del deseo de comer un chocolate? No lo tengo nada claro, todas las respuestas sinceras que intento resultan vagas: digo que lo deseo porque pienso en él y siento un calor en el cuerpo, me entra urgencia de verlo y de rozar su piel, y si eso no es posible, me regocijo recordando los momentos en que hemos estado tan juntos, y entonces pongo una cara de ponqué absolutamente delatora.

Por supuesto, esa definición no aguanta para una tesis. Pero tampoco admito que esto que llamo mi deseo se reduzca a una comprensión biologicista: "tu cuerpo exhala tal o cual hormona, que entra en combinación con tal o cual sustancia de tu propio cuerpo, produciendo esa sensación de bienestar", y voila: eso es el deseo. Esa definición nos queda debiendo, por supuesto, lo de "erótico". Debe existir un detonante social también, una manera cultural de comprender el deseo, que dé cuenta de por qué son sólo algunos cuerpos (poquísimos en realidad) los que detonan la tal liberación de hormonas.

Yo siento que existen grados de deseo. Si bien el deseo no es condición necesaria para tener un encuentro sexual (eso me lo han explicado bien mis amigas), me suele resultar más placentero acostarme con alguien a quien deseo. Pero lo que me pasa usualmente es que un poco de deseo basta. A veces ese poco da para un polvo rápido en el baño de un bar y se agota. A veces da para una noche. A veces para una docena de encuentros. No se me vayan a escandalizar a estas alturas del paseo, que no estoy hablando a la ligera: acercarme sexualmente a las personas que me inspiran deseo y se muestran receptivas es una posición política, sirve para quitarme del cuerpo las marcas de una historia que ha asignado a las mujeres un lugar al margen de los placeres sexuales. Además, es absolutamente divertido. Así que veo la balanza muy claramente inclinada: puntos a favor: todos; puntos en contra: ninguno.

Pero volvamos. Decía que, tal como yo lo siento, existen grados de deseo. Existen personas puntuales por las que eso que vagamente llamo deseo se potencia, toma la forma de un "cuento infinito", es absolutamente claro, fuerte, intenso. Sólo con unas personas, y no con el resto de millones que nos rodean. ¿Por qué? La explicación a fuerza de hormonas no puede dar cuenta de eso.

Me quedo pensando entonces en los vericuetos del deseo, y mientras lo pienso, L, siento estas enormes ganas de ti...

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