jueves, 30 de septiembre de 2010

Mudarse de la niñez a la adolescencia

Por: Juliana Villate Quevedo

El adolescente en su paso hacia la edad adulta atraviesa por una serie de conflictos internos, que se reflejan de diversas maneras en su comportamiento, actitud y relaciones interpersonales.
Todas las características que tan “extrañas” parecen a veces en la personalidad del adolescente, no son más que mecanismos que la personalidad asume como defensas contra la angustia que produce el difícil tránsito a la edad adulta. Estas diferentes manifestaciones, pueden ser clasificadas únicamente en cuanto a la función adaptativa o no, que cumplan en el desarrollo e integración de la personalidad del individuo.

Lo que es adecuado o inadecuado son los mecanismos utilizados. Hay algunos muy apropiados como son el interés por los deportes, la intelectualización, la sublimación por medio del arte, el ingreso a grupos ecológicos o la música, mientras que otros son completamente desadaptativos como las manifestaciones violentas, el fracaso escolar, el rechazo al núcleo familiar o la dependencia bien sea a grupos de fanáticos, pandilleros, al alcohol, o a la droga.
Entre estos dos extremos del espectro, se encuentran otras manifestaciones tales como el horror a la banalidad, la propensión a hacer de sí mismo alguien excepcional y único, el gusto por lo excéntrico, la tendencia a reformar el mundo o la indiferencia extrema por todo lo que le rodea; el aislamiento de las actividades familiares y sociales, los problemas en cuanto a imagen corporal, las conductas alimenticias inadecuadas, la dificultad para expresar los conflictos o problemas, los problemas para relacionarse con el sexo opuesto, el rechazo a las actividades intelectuales, la depresión enmascarada con formas de aislamiento o violencia, la desconfianza en si mismo y los sentimientos de desesperanza.
Todas las anteriores manifestaciones son la expresión más genuina de las dificultades por las que pasa el adolescente en su proceso de adaptación a la edad adulta, y la justificación más clara y simple de la necesidad imperativa de crear espacios terapéuticos y formadores, donde podamos acompañar y guiar al adolescente y a su familia en el paso por esta etapa de crisis.
Los adolescentes tienen una especial predisposición a sufrir depresión. La adolescencia se acompaña de un movimiento constante de las emociones, de dudas y de incertidumbre inherente al paso de la niñez a la edad adulta. Aunque esta etapa es generalmente superada sin mayores problemas, en determinados casos hay alteraciones de la conducta que pueden representar un estado depresivo subyacente, evidenciado en rebeldía, aislamiento marcado, insomnio, fatiga inusual, y dificultad para concentrarse. Muchas veces los padres y maestros no lo detectan a tiempo, lo cual puede cronificar el cuadro o llevar a los jóvenes a refugiarse en las drogas y en el alcohol.
A mí me causan mucha ternura los adolescentes. Mis amigas dicen que porque no tengo hijos. No sé. El hecho es que esas largas figuras desgarbadas, torpes, que entran a mi consultorio con mirada aprehensiva y obligada por sus padres, me han enseñado más del mundo que muchos libros y cursos. El adolescente es un hombrecito o una mujercita en último período de formación. Lleno de luchas internas por encontrarse a sí mismo, en un mundo caótico y en una familia que no lo intuye ni lo asimila. Con madres angustiadas porque va a meterse en la droga, o porque escogió la música en lugar de la medicina, o porque pasa demasiado tiempo con sus amigos. Niños grandes casi adultos ansiosos por una sexualidad que están comenzando a sentir y a actuar frente a un entorno hostil que no les explica, pero que los juzga. Son personas complejas, profundas, llenos de angustias existenciales, pequeños filósofos ateos que están descubriendo el mundo, su mundo, su cuerpo, sus sentidos, sus dolores.
En todos estos años como terapeuta, he aprendido que no se necesitan grandes discursos para convencer a un chico que la cresta punk no es fundamental para argumentar un concepto, y que meterse en líos con todo el mundo es un gasto innecesario de energía. Ahora sé que con una actitud receptiva, respetuosa y abierta puedo ganarme su confianza. Nunca hago alianzas contra los padres, aunque en el momento de confrontarlos a ellos, son muchos los que opinan lo contrario. Solamente trato a los adolescentes con respeto y con afecto. Nada más.
Siempre les hablo con la verdad y siempre entienden. No intento manipularlos ni me dejo manipular, porque soy consciente que debe haber respeto mutuo para que haya confianza. Les reconozco sus esfuerzos, les valido sus luchas e intento acceder con serenidad y sin juicios a su pensamiento. De la misma forma, franca y fuerte, les muestro sus errores de criterio y les explico lo vano de algunas de sus conductas de rebeldía. Ellos entienden, y el tener una figura que cree en ellos y que a su vez admiran y respetan, los ayuda a autoregularse desde el convencimiento de su propio valor.
Los adolescentes son muy inteligentes. Solamente hacen bobadas cuando su inconsciente indignado por la injusticia de una situación o de un juicio errado, se revela. Pero, de la misma manera, son capaces de entender que el mejor camino es el bueno, y que lo más fácil es hacer las cosas bien. Pero, para poder llegar a ellos con ese mensaje, es indispensable aceptarlos, respetarlos y quererlos, de lo contrario todo intento es vano.

1 comentario:

  1. GUADALUOE VERDUZCO LOPEZ6 de diciembre de 2012, 16:27

    El tránsito de la niñez al comienzo de la adolescencia es un proceso de crecimiento necesario para el desarrollo humano, sin embargo, éste puede generar mucho estrés e incertidumbre al interior de la familia. Está marcado por la aparición de cambios físicos, que dan comienzo a la pubertad. Las alteraciones corporales y hormonales son el inicio de posteriores transformaciones, afectivas, cognitivas y sociales que sufre el adolescente. El púber inicia el rol más importante del adolescente: ser buscador de la propia identidad, trabajo que implica crisis y desequilibrio.


    Desde la experiencia clínica, es frecuente escuchar que los padres consultan bastante angustiados porque observan diversos cambios en el comportamiento de sus hijos o hijas entre 11 y 12 años aproximadamente. “Ha comenzado a aislarse, está con mucha rabia, de mal genio, se encierra en su pieza y no habla. Su rendimiento escolar ha bajado. No se deja acariciar, nos rechaza con brusquedad cuando nos acercamos. No cuenta sus cosas y responde con monosílabos”, dicen.

    Los púberes no saben qué les pasa, su mente se ha puesto en blanco. Aparecen nuevas sensaciones corporales, nuevas vivencias y fantasías. Se sienten llenos de ambivalencia: curiosidad y placer y, a la vez, susto, extrañeza y culpa. Los impulsos sexuales y agresivos invaden su cuerpo y psiquis.

    El púber comienza a mirar a los padres en forma diferente: los crítica, desafía y descalifica para autoafirmarse; los padres ya no son figuras idealizadas y omnipotentes. El duelo respecto de los padres de la infancia, implica a la larga, una visión más realista de los progenitores. Es un trabajo psíquico importante para el logro de la propia identidad.

    ResponderEliminar