Por sofia.acalantide
Recuerdo una escena de dibujos animados: Droopy, el héroe, un perro de apariencia y voz lastímera, mira fijamente a la cámara y dice: "¿Saben qué? Soy muuuuuuuuy feliz". Ese contraste causaba gracia, pues no importa lo que dijera, su gesto era muy otro: lo estábamos viendo y no se reía. Una gracia parecida me causan los que esta vez llamaré "amores invisibles", pues quiero sostener que, si no podemos ver el amor, éste no existe, o por lo menos, vale muy poco.
Conozco más o menos cincuenta variables del mismo libreto, todas extraídas de la vida real -algunas de mi propia vida-, cuyo argumento es el siguiente: "no me busca, nunca le veo, me hace desaires, ha protagonizado situaciones (o ha sido cómplice) de malos tratos hacia mí... pero dice que me ama, infinitamente, para siempre". Un "amor", que tiene cara de todo, menos de amor. ¿Por qué nos inclinamos a creer más en esas palabras vacías que en las otras realidades que las rodean?













