martes, 11 de octubre de 2011

Superación Personal - Los errores: Míos o Ajenos?

La discusión, la pelea y el señalamiento de errores ajenos -por el mero gusto de decirle al otro que se equivocó-, es una práctica muy difundida que goza de excelente salud en todos los niveles de la vida social. No importa de quien se trate, ni cuál sea la falla, el asunto es poner el dedo en el ventilador de los yerros y que el viento se encargue de repartirlos para todos lados. Yerros... ajenos, por supuesto. 

Cuando se trata de los propios no hay nada mejor que el silencio. 0 el olvido. 

Pero, ¿dónde nace tanta pasión perfeccionista? ¿Se pone el mismo énfasis para corregir, reparar, salvar situaciones ajenas, que en asumir y modificar las propias? ¿Qué sucede con la comprensión? ¿Y con nuestra capacidad para escuchar? Salimos corriendo a gritar errores ajenos para ser los primeros en llegar a la base de la perfección. ¿Desde qué modelo de excelencia?


No se trata de disimular dislates, ignorarlos, encubrirlos. Ni esconderlos. Como en tantos otros temas, el asunto camina por los senderos de la sinceridad y del respeto. Cualquier disputa necesita por lo menos dos partes en confrontación. Si, además de pensar en los intereses propios, se consideran también los del otro, o de los otros, nos ahorraríamos larguísimas polémicas que lo único que dejan es hartazgo. ¿No se cansa la gente de pelearse? Seguro que sí.

Desde la vieja rivalidad familiar que arrastra indiferencia, inquina o rancios rencores remotos, porque diez generaciones atrás un Capuleto se enojó con un Montesco, entonces por los años de los años del siempre jamás los unos vivirán distanciados de los otros, incriminándose, culpándose, atacándose. 0 en el mejor de los casos, ignorándose. La pregunta es: ¿con qué objeto? Y la otra cuestión: ¿hasta cuándo?

Las equivocaciones también tienen un aspecto constructivo. Si se lo busca... se encuentra. Ese aspecto del error es precisamente el trampolín perfecto hacia el conocimiento, un camino de piedras, a veces blandas, a veces duras, compactas, inquebrantables como el acero, que permite saltar el río de los incordios hasta las costas de la sabiduría, o por lo menos llegar a las orillas del crecimiento.

Desde el funcionario más encumbrado hasta el vecino de la esquina, desde aquel que ejerce cierta autoridad hasta el último de los dependientes, no son pocos quienes tienden a ponerse vestiduras de falsos custodios de purezas falsas. Y gozan con sincero placer cuando dan en el blanco del error ajeno. Me pregunto cómo sería la vida si esa misma energía se empleara en favor del crecimiento, de la prosperidad, del talento. Tal vez, un poco más tranquila, un poco más cordial, un poco más sabia. No sería poca cosa esa mejora.

Señalar errores, incitar a la polémica, destacar la luz sólo para remarcar las sombras, lejos de ser una actitud de elevación, de desarrollo, de progreso, resulta una muestra de incertidumbre, mezquindad y soberbia. Todo depende de la voluntad de enseñar. 0 de destruir. Los humanos gozamos del privilegio de nuestra inteligencia. La historia de la humanidad ofrece sobradas muestras acerca de que no siempre la usamos para bien. Algunos no siempre la usan. Otros, simplemente no.

Cuando lo que importa es la polémica por la discusión misma, sin otra intención que confrontar, lo que se consigue es rebajar la calidad de vida. Discutir es mucho más que estar en desacuerdo. 

Discutir es desmenuzar, abarcar todos los aspectos de un tema, o de una situación, para comprenderla, y desde ese entendimiento, lograr una mejor posición para todas las partes en conflicto. De otro modo, será un intento de pasar el tiempo, de disimular vaya uno a saber qué situaciones, de alardear de un dato más, una información menos. 0 cualquier otra cosa, menos discusión. Si las disputas dejan de lado su aspecto constructivo sólo para mostrar que el tonto es el otro, y uno es el verdadero dueño de las verdades verdaderas, sería un discurso tal vez impecable, pero completamente inútil, ¿no le parece? 

Fuente: Reflexiones de Superación Personal

1 comentario:

  1. Es verdad, estamos prontos a señalar los errores de los demás y muchas veces hasta felices de señalarlos, sin tener en cuenta que cuando señalamos a otro, los 3 dedos de abajo de nuestra mano nos señalan a nosotros.
    Buen artículo.
    Saludos.

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