La discusión, la pelea y el señalamiento de errores ajenos -por el mero gusto de decirle al otro que se equivocó-, es una práctica muy difundida que goza de excelente salud en todos los niveles de la vida social. No importa de quien se trate, ni cuál sea la falla, el asunto es poner el dedo en el ventilador de los yerros y que el viento se encargue de repartirlos para todos lados. Yerros... ajenos, por supuesto.
Cuando se trata de los propios no hay nada mejor que el silencio. 0 el olvido.
Pero, ¿dónde nace tanta pasión perfeccionista? ¿Se pone el mismo énfasis para corregir, reparar, salvar situaciones ajenas, que en asumir y modificar las propias? ¿Qué sucede con la comprensión? ¿Y con nuestra capacidad para escuchar? Salimos corriendo a gritar errores ajenos para ser los primeros en llegar a la base de la perfección. ¿Desde qué modelo de excelencia?